lunes, 27 de julio de 2015

Hannibal: tercera temporada


Podría resultar cansado hablar bien de una serie tanto. Tratar de encontrar nuevas maneras de abordarla,
ahora por tercera vez, luego de dos primeros años sin fallas grandes o relevantes para el conjunto que se desenvolvía ante los ojos de los pocos espectadores que llegaron a verla. Aquellos que lo hicieron, los que la seguimos desde su inicio, que nos deslumbró y no deja de deslumbrarnos, podríamos considerarnos con suerte de haber visto esta pequeña, gran serie desde su inicio.
Con Hannibal, su tercera temporada no vino sin dudas y cuestionamientos de si seguía valiendo la pena, el estilo poético casi cruza la línea de volverse parsimonioso, donde lo artístico se cruzaba en el camino del más simple desarrollo, fuera de trama o de personajes. Por suerte, la mente maestra de Bryan Fuller tenía todo cuidadosamente planeado y cada detalle que parecía suelto en un episodio, en el siguiente estaba claro el porqué había estado ahí.
La cosa es que la fórmula televisiva funciona muy bien con Hannibal. Los casos de la semana la sostenían en la realidad mientras su atmósfera en forma de sueño (o pesadilla) se extendía a los diálogos, imágenes y actuaciones. Entonces, al perder ese aspecto, los minutos debían correr con una línea de narración más unidimensional, causando que las imágenes artísticas no sirvieran como antes: una extensión del mundo y sentimientos expresados a través de ellas.
Pero, por suerte, conforme avanzó, la serie fue como una bola de nieve que acumulaba los sucesos de la manera más ingeniosa y cuidadosa y los llevó a un clímax más que satisfactorio en términos de trama, de personajes, escenas de tensión y hasta de acción. El estilo de dirección se mezcló de maravilla con el guion metafórico, el paladar del doctor Lecter fue reflejado en la selección de música y la introducción de la historia del Dragón Rojo es capaz de poner los pelos de punta.
Ahora, ¿qué hace que la serie siga siendo así de excelente y emocionante?
Los personajes.
Esos que hemos ido conociendo durante más de veinte episodios y los hemos visto crecer e interactuar entre ellos. Donde la traición y el dolor son protagonistas luego del trágico final de la segunda temporada. Las conversaciones de hace dos años no tienen el peso que tienen ahora. Cada palabra significa algo distinto luego del desarrollo de la serie; desarrollo que solo la televisión puede lograr: una continuidad especial que no se ve ni en las películas, ni en los libros (por más sagas y secuelas que existan). Ese crecimiento y profundidad que se puede lograr, cuando se hace bien, con relaciones y amistades; en este caso, la “amistad” entre Will y Hannibal es un ejemplo de excelente tratamiento por parte de los escritores y, más aún, por parte de las sublimes actuaciones.
Nunca he dudado en recomendar Hannibal. Resulta una serie que se mantiene desde el principio, ahora con una madurez diferente a lo que se ve, por lo general en televisión. Ahora con la duda de saber si este será su final definitivo, pero con la esperanza de que pueda ser rescatada por algún lugar que quiera conservar esta pequeña, gran serie, queda solo disfrutarla como un fino platillo que hay que saborear con sumo cuidado hasta el final.

viernes, 24 de abril de 2015

The Americans: temporada tres




El crecimiento de una persona se define por sus experiencias, internas y externas. Se llega a la madurez conforme los acontecimientos de la vida chocan, golpean, sorprenden o emocionan, para bien o para mal. Pero nunca dejamos de crecer o madurar. La vida es un constante aprendizaje; nadie sabrá todo nunca, nadie será perfecto en todo lo que haga. Ah, pero sí se puede llegar a ser excelente en lo que se quiera y se decida hacer.
El caso de la televisión es igual: no hay un método o fórmula para crear el programa perfecto, no existe un programa perfecto. Pero se puede llegar a ser excelente en contar una historia específica.
The Americans surge como un drama de matrimonio, camuflado con uno de espías y la delgada línea que puede hacer quebrar cualquiera de los dos. Durante su segundo año evolucionó a un drama familiar, donde los problemas de “trabajo” de los padres pueden llegar a afectar a los hijos directa e indirectamente porque los riesgos son cada vez mayores. Entra a su tercera temporada, Phillip y Elizabeth Jennings se ven en la dura tarea de seguir las órdenes del “centro” (de la Unión Soviética) que quiere que su hija de 15 años, Paige, sea parte del arriesgado trabajo de espías como “ilegal de tercera generación”; es decir, como ciudadana oficial americana pero brindando información clasificada en beneficio a un país “enemigo”.
The Americans va más allá de esas premisas y llega a plantear más preguntas que respuestas en cada episodio que pasa. Crea capas inimaginables de narración conforme avanza la temporada y abre más posibilidades para el futuro (con un año más asegurado). Es donde se hace notar la cuidadosa planeación de parte de los jefes de la serie, Joe Weisberg y Joel Fields, y cuando se puede hablar de un plan de cierto número de temporadas para contar una historia con inicio, medioy final. Como lo explica Todd VanDerWerff, estamos exactamente en la mitad. Aquí se desatan los giros narrativos y posibles sorpresas que llevarán al desenlace, a un enfrentamiento de consecuencias que se acumulan desde el primer episodio. Entonces, no será cualquier desenlace, porque ya se ha dado una construcción impecable de personajes y las relaciones entre ellos, en especial la relación de padre y madre con su hija. El cuidado que se tenía por los peligros del exterior se ve traicionado, pero desde adentro. La educación de dos adolescentes se llena de obstáculos que se salen del control que quisieran tener los padres. Todos los motivos internos y las acciones externas del drama de espías se entremezclan con el drama familiar, sutil y silencioso, lleno de intensidad.
En los errores, en las imperfecciones de los personajes como seres humanos que son llevados al límite, en el abanico de personalidades y las etapas que estas atraviesan, es ahí que la serie logra profundizar y tener aún más peso dramático con revelaciones que la hacen crecer de adentro hacia fuera, formal y conceptualmente. Porque cada palabra tiene peso en la historia, cada espacio es iluminado de manera específica, cada encuadre dice más de lo que se puede observar en una fracción de segundo.
Así, sin método o fórmula para crear el programa perfecto, pero centrándose, sin distracciones, en lo que quiere contar, The Americans narra su historia con excelencia y llega a ser indiscutiblemente impecable, semana a semana y como un todo. Con transmisión casi inadvertida pero con paso seguro, asegura su puesto como una de las mejores series de los últimos años.

lunes, 20 de abril de 2015

Game of Thrones: temporada cinco


Game of Thones siempre sufrió por la cantidad de personajes que tiene dispersos por el mundo de Westeros. Le resultaba difícil mantener historias centradas por los diferentes momentos temporales, variadas locaciones y constantes muertes. Por suerte, el nuevo año de la serie ofrece un enfoque más interesante en una especie de “nuevos comienzos”, tanto en historias como en evolución de personajes, estos que ya son suficientemente conocidos y cuando la lista de los que podrían ser principales es más clara (Tyrion, Arya, Sansa, Jon, Daenerys, Cersei, Jaime, tal vez).
Al iniciar cada temporada, las historias parecen ser demasiadas y están divididas de manera que la audiencia recuerde qué había sucedido y en qué posición está ahora cada personaje, un mal necesario que siempre ha tenido la serie. Pero es a partir del segundo episodio (recién visto el domingo pasado) que cada momento se vuelve parte de un todo episódico bien amarrado y de un gran disfrute.
Esta vez, en su constante viaje, Game of Thrones se centra en sus personajes y los define con más claridad. Aunque se encuentran totalmente alejados entre sí, el guion de cada episodio logra darle cohesión a las historias y temas que se presentan; así, es como si estuviéramos viendo una película cada semana, una narrativa que funciona a la perfección de manera independiente y, a la vez, sin perder de vista el concepto de episodio semanal, evoluciona como parte de la historia general de la serie.
Con la formación de nuevas alianzas, el cruce de personajes que jamás se han conocido, el paso a la madurez (en el caso de Sansa y Arya), la duda ante las decisiones que toman ahora los personajes (en el caso de Jon) y las consecuencias que deben enfrentar por las mismas (en el caso de Dany, donde sus dragones son la metáfora evidente de su pérdida de control total) resultan una gama de posibilidades que le es más fácil explorar en la vastedad del mundo de la serie.
Un mundo donde está siempre latente la búsqueda del poder, de la venganza; donde la lealtad va de la mano de la duda, el miedo es la base del coraje y donde el poder reside en todo aquel que se atreva a dar muerte. Ahí no hay bien o mal, sino todo aquello que está en medio del blanco y el negro.
Sin haber leído los libros pero al saber de varios comentarios afirmando que, este año, el tratamiento de los sucesos en la página serán diferentes a los que veremos en pantalla, es casi seguro decir que la manera de adaptar con más libertad el material original es lo mejor que puede sucederle a la serie. Sin descartar la calidad de las novelas, claro; pero dándose cuenta de que, por suerte, el punto de comparación es cada vez más débil.
Entonces, la quinta temporada tiene el reto de ver qué hacer mientras la próxima novela de George R.R. Martin llega a ser publicada; curiosamente, a HBO eso no le preocupa y avanzará de todas maneras, salga el nuevo libro o no. Aún así, el resultado televisivo es más que satisfactorio para la audiencia en general, con más suspenso para quienes leyeron los libros y una grata sorpresa para los que fuimos más escépticos.

Valar Morghulis!

martes, 31 de marzo de 2015

House of Cards: tercera temporada


Durante el séptimo episodio de la tercera temporada de House of Cards, “Chapter 33”, Frank Underwood, ahora presidente de Estados Unidos, se detiene a recordar que unos monjes tibetanos estaban haciendo un mandala de arena en medio del pasillo. Ellos estuvieron varios días trabajando en un diseño a mano que sería luego deshecho, mezclado y tirado al río como símbolo de purificación. Pero esa supuesta purificación del matrimonio de los Underwood es fácilmente pasada por alto y recordada en una simple fotografía del arte arenoso.
Quería hacer la comparación de ese detalle con la serie misma: esa poca atención y volatilidad de los monjes que quedó evidenciada es lo que se puede decir de la serie misma; cuando uno se dio cuenta, ya había terminado la temporada y nada muy relevante había sucedido, con el argumento o los personajes. Queda apenas una imagen superficial de lo que pudo haber sido.
En general, House of Cards es un continuo rotar de historias poco interesantes y personajes apenas funcionales. Los mejores —o los menos peores— episodios de la temporada son el 11 y el 12, donde se presenta un debate presidencial bien filmado y escrito (ahí, los movimientos de cámara y cortes de Agnieszca Holland funcionan bien y resultan en imágenes menos monótonas), y donde Claire Underwood se da cuenta que no ha sido más que una pieza para hacer llegar a su marido al poder. Pero no es recompensa suficiente para diez largos y poco importantes episodios antes de eso. La construcción narrativa hace que estos volátiles guiños de calidad sean salidos de la nada, sin un proceso orgánico que los haya precedido.
Con personajes secundarios apenas importantes, ninguno tiene un ápice de profundidad fuera de ser una extensión de la trama para Frank Underwood, ni siquiera Claire se salva de formar parte de una maquinaria que gira alrededor de él. Ella misma se da cuenta, pero ya es muy tarde porque la temporada entera se fue en meras miradas y sonrisas falsas de la actuación aceptable de Robin Wright. En cambio, Kevin Spacey, tan alabado por todos, termina siendo repetitivo y hasta insoportable con su interpretación; el actor está cómodo con su papel y no se molesta en llevarlo a diferentes niveles de profundidad, ni siquiera cuando el guion se lo permite, que no es más de un par de veces.
Podría parecer todo parte de un plan más grande, pero si solo se tiene un par de episodios con un poco de tensión y desarrollo narrativo, ¿cuál es el punto de hacer tantos antes de eso? Es el regreso a mi constante queja del modelo Netflix: esa manera de ver una temporada de una sola vez (el ya popular “binge watch”) le quita cualquier gracia a ver un programa de televisión. Pero si somos sinceros, ni siquiera así se sostendría este —a veces risible— drama político.
House of Cards es serie pretensiosa. No es compleja, ni complicada; la mayor parte del tiempo es, más bien, aburrida. Su supuesto y falso “pedigree” viene de la emoción que se tiene por un fin de semana para luego, durante el resto del año, olvidar que existe. Y eso, sinceramente, es un alivio.  

miércoles, 4 de marzo de 2015

The Last Man On Earth


“No fuimos escogidos, fuimos olvidados.”

La premisa del fin del mundo es conocida y manejada de diferentes maneras, generalmente con algún tipo de peligro que amenaza a los personajes y convierte al mundo post apocalíptico en un lugar de acción y pleitos. No lo tomen a mal, The Walking Dead ha logrado capturar bien el interior de sus personajes, reflejado en lo que ven en el mundo exterior, esa serie va por muy buen camino. Pero es The Last Man On Earth (El último hombre en la tierra) que se lleva mi aplauso y entusiasmo por encontrar una fresca manera para este, a veces, repetitivo tema.
Se trata, nada más y nada menos, de una comedia donde seguimos a Phil Miller, el —casi— último hombre en la tierra. Él recorre todo el país (porque Estados Unidos es todo el mundo, claro) en el año 2020 luego de un apenas mencionado “virus”, al no encontrar a nadie, decide volver a su ciudad, dejar atrás su apartamento y vivir en una mansión con todos los suvenires que recolectó en el camino (un par de Oscares incluidos).
Ante todo, Phil decide sobrevivir y de la mejor manera posible. Se divierte y hace las cosas más alocadas que se le ocurren para pasar sus ratos de soledad; gran cantidad del piloto se basa en montajes hilarantes que funcionan de puras imágenes realmente originales que verdaderamente hacen reír, en especial un improvisado juego de boliche. Ahí, Will Forte (también creador de la serie) exhibe sus dotes de comedia física de manera magistral, porque no hay diálogo; está solo después de todo, pero resulta inesperadamente gracioso. Hay eco en el mundo, y los momentos de silencio son los mejores.
Sus conversaciones comienzan con Dios para que le dé a alguien de compañía. A falta de respuesta, decide hacer sus propios amigos; el recuerdo de Tom Hanks y Wilson en Náufrago(del año 2000) es parodiado de la mejor manera posible. Genial.
Si el espectador no se ríe grandemente durante todo el episodio (como me sucedió a mí), al menos un par de sonrisas logrará sacar. La serie no se descuida ni llega a excesos en cuando a estructura, pues la segunda mitad del piloto es más melancólica y hasta triste, sin perder la comicidad del principio.
Entonces, el segundo episodio nos da el status quo que seguirá conforme avance el programa con la entrada de Kristen Schaal, el opuesto completo al personaje de Forte: él, despreocupado y desordenado; ella, Carol, detallista y con esperanza. La química que logran estos dos es excelente en todos los niveles, y todas las preguntas y discusiones que tienen reflejan los buenos diálogos, creíbles entre dos personas que están solas y ahora serán vecinos de al lado. El potencial es grande.
Con apenas dos episodios, no sabemos si The Last Man On Earth se preocupará por ahondar en el asunto del mencionado virus y el porqué quedan solo estas dos personas en el mundo; la verdad, no es tan importante. Explorar el dinamismo de una premisa post apocalíptica pero del lado de la comedia (¡y qué buena comedia!) es suficiente para despertar la curiosidad de cualquiera acerca de lo que se puede lograr en el futuro con esta serie; y si el ejemplo son estos dos excelentes episodios de inicio, ese futuro pinta muy bien.